15
Jun

Ojo con el “plan renove” lumínico

El mantenimiento de nuestras ciudades es primordial y necesario. Fachadas, paseos y elementos urbanos se deterioran con el tiempo y necesitan ser restaurados y sustituidos.

Y con la aparición de nuevas tecnologías, las instalaciones de la ciudad precisan también de su update correspondiente. Así, estamos empezando a ver cómo las luminarias de las calles se adaptan a nuevos tiempos y se unen a la tecnología led.

Vemos como las luminarias que tienen 20 o 30 años se sustituyen por modelos nuevos. Las más antiguas en cambio, las farolas de toda la vida, se sustituyen parcialmente mediante la sustitución de la fuente de luz interior.  Pero, como cualquier restauración, puede o no hacerse con mimo y ahí viene nuestra reflexión.

¿Os imagináis que el día que restauraron las carpinterías de la Casa Batlló hubieran optado por el PVC en vez de la original madera? Los historiadores hubieran puesto el grito en el cielo inmediatamente. ¿Os imagináis que el día que restauraron la Basílica de Santa María del Mar hubieran sustituido las vidrieras de colores por cristales oscuros de última generación para reducir la aportación solar y mejorar el rendimiento energético del edificio? Parece claro que no se les ocurrió, probablemente porque es un edificio emblemático, histórico, y todos nos sentimos con la responsabilidad de preservar su esencia.

Con el mismo argumentario deberíamos poder preservar nuestras farolas antiguas, que son también elementos urbanos históricos, reliquias con más de 100 años que tenemos la suerte de poder seguir utilizando. Pero no lo estamos haciendo.

Parece que, desde que las farolas funcionaban con vapor de sodio y nuestras calles eran naranjas y lúgubres, nuestra sociedad tiene amplias ansias de tecnología.

Por este motivo que desde los Ayuntamientos se están sustituyendo todas las lámparas antiguas por placas retrofit de módulos led. Hasta ahí bien, porque la tecnología led permite reducir enormemente el consumo y nos ofrece la posibilidad de tener temperaturas de color más neutras, sin tonos anaranjados, que permiten una mayor reproducción del color (distinguir mejor la cara de la gente) y por lo tanto una mayor seguridad.

Además, y sin querer entrar en el tema de las Smart Cities, la nueva tecnología permite que cada luminaria constituya un elemento inteligente controlable desde un cerebro municipal, que nos aporta una infinidad de herramientas de control para la sistematización y ahorro.

Pero ojo, el problema viene cuando la sustitución de la fuente de luz no se hace ni con mimo ni con conocimiento. Cuando la nueva placa led se instala sin ningún tipo de difusor y además se eliminan los cristales de la farola con la finalidad de que emita más luz. Y por último, tenemos una farola de 1920 a la que se le ven las tripas, que deslumbra, y que emite una luz más fría que una cámara frigorífica. Y así es como nos las estamos cargando todas.

Se nos ocurre que, si recuperamos los cristales opalizados (no transparentes!), y convenimos que la temperatura de color neutra (3000K) puede ser idónea para tener ambientes nocturnos claros pero confortables, nuestras calles pueden volver a tener su esencia sin descuidar los avances del inicio de nuestro s.XXI. Y por favor, pongan un Lighting Expert en su Ayuntamiento.