12
Abr

Iluminar las nubes

Nuestras ciudades nunca duermen. Durante la noche, una gran cantidad de seres humanos siguen desarrollando tareas, actividades lúdicas, comerciales y productivas. Desde que descubrimos la electricidad, la oscuridad no es impedimento para el hombre.

Así, en 100 años hemos ido llenando nuestro mundo de fuentes de luz artificiales. Al anochecer y a vista de pájaro, cada edificio, cada plaza y cada carretera se ven envueltos en un pequeño halo de luz difuso. La suma de éstos halos crean halos gigantes de contaminación lumínica alrededor de todas nuestras urbes, nada se salva.

La ciudad de Hong Kong es la que cuenta con un mayor índice de contaminación lumínica del mundo. Su cielo es hasta 1.000 veces más brillante que un cielo normal, teniendo en cuenta que los distritos comerciales permanecen iluminados las 24 horas del día con luces que nada tienen que envidiarle a las de un estadio de fútbol.

Barcelona, sin ir más lejos, es perceptible de noche desde cualquier mirador de la isla de Mallorca. Y está a más de 300km de distancia.

Conciencia lumínica

Decía Jacint Verdaguer que “la luz del día es para mirar la tierra, y la de la noche para contemplar los cielos”. Más allá de la parte romántica y asumiendo que no vamos a volver al modus vivendi del Siglo XIX, es cierto que habría que promover una cierta consciencia social en materia de ecología lumínica.

A efectos meramente prácticos somos dependientes de la naturaleza de nuestro planeta. Necesitamos conservar el planeta en el que vivimos para seguir viviendo en él. Y eso implica, cuanto menos, machacarlo lo menos posible.

Los actuales niveles de contaminación lumínica están modificando el ecosistema de la Tierra. Es tan simple como que las plantas y los animales dependen de los ciclos naturales de luz y oscuridad para regular sus comportamientos vitales. Y si se modifican sus ciclos se extinguen las especies y se rompe la cadena natural. Todos conocemos la teoría del efecto mariposa.

Los menos animales, por nuestro lado, también necesitamos que exista la noche real para regular nuestros procesos biológicos. La intensidad y la temperatura de color de la luz intervienen muy directamente en nuestros ciclos vitales.

A raíz de la consciencia de las últimas décadas sobre el ahorro energético (y lo cara que es la electricidad, para qué vamos engañarnos), las fuentes de luz en espacios urbanos se han ido sustituyendo por  lámparas de bajo consumo, y más recientemente por tecnología led.

Existe una tendencia muy habitual a confundir el uso del led con hacer uso indiscriminado de una temperatura aberrantemente fría. Aunque éste hecho da para escribir otro artículo, lo que sí que es cierto, es que de repente nuestras ciudades han migrado del vapor de sodio de baja presión (la luz ámbar de toda la vida) a las lámparas led de 6000K. Ahora la luz en nuestras calles es súper eficiente y económica, pero muy muy fría.

Seguramente pocos han caído en que la exposición a la luz azul durante la noche es particularmente nociva para nuestro organismo, puesto que nos impide crear la melatonina necesaria para descansar. Las temperaturas de color neutras y cálidas, en cambio, tienen una menor reproducción de los colores azules en su espectro, por lo que son mucho más recomendables.

Estrategias

Al contrario de lo que se podría pensar, el desarrollo económico y la conciencia ecológica no tienen por qué ser antónimos. Evitar la contaminación lumínica y tratar de no dañar el ecosistema no significa apagar el alumbrado, significa iluminar mejor. Además de escoger fuentes de luz con un espectro respetuoso con el medio, es importante controlar la intensidad de éstas, y el tipo de emisión que nos ofrecen las luminarias en las que se instalan.

Dirigir la luz allí dónde la necesitamos es fácil. Basta con utilizar luminarias que dirijan y limiten la apertura del haz de luz hacia el suelo, o hacia el objeto concreto a iluminar, pero en ningún caso hacia el cielo.

imagen farolas light squad

En cuanto a los niveles lumínicos, el planeta tiene una iluminación natural nocturna, la luna. En una noche de luna llena podemos tener una atmósfera de 1 lux y distinguir suficientemente las formas como para guiarnos por una calle sin mucha dificultad. Tomando éste dato de referencia podemos entender claramente que tener hasta 200 lux en muchas de nuestras plazas no se justifica ni con el argumento de la seguridad ciudadana, y que seguramente con los 10 lux que marca la normativa es más que suficiente.

La normativa existe. Todas éstas estrategias y recomendaciones forman parte de un decreto sobre alumbrado aprobado por la Generalitat de Catalunya, el DECRETO 190/2015. Pero como muchas normativas en nuestro país, y ahí va la crítica, actualmente está muy lejos de ser respetada.

Existe también la asociación contra la contaminación lumínica Cel Fosc, quienes hacen un muy buen trabajo de batalla informando sobre las problemáticas escuetamente descritas en el presente artículo y denunciando los casos más flagrantes.

El argumento definitivo

Pero como es bien sabido, de entre todos los montones de argumentos posibles el que más pesa es siempre el económico. Así que también vamos a decirlo: podemos ahorrar mucho si iluminamos bien nuestras ciudades.

En el año 2018 seguimos desperdiciando miles de millones de euros que salen de nuestros impuestos para iluminar las nubes, y lo más importante: podemos solucionarlo con un poco de criterio, incorporando expertos en iluminación en nuestras plantillas de urbanistas.